El molino
encierra la serena estancia del reposo, la nítida fragancia de tiempos
que fueron, el tacto silencioso de una geometría apacible.
Transformada su existencia y su labor, es testigo de surcos que se cruzan, de
figuras que habitan en el tiempo nuevo una emoción amansada en la larga
espera.
Abre sus puertas como abre sus brazos un molino de agua, aceptando en su seno
el flujo milenario de la vida; moviendo sus entrañas al compás
de otro empeño; haciendo su fuerza de otra fuerza, su vida de otra vida
que le puebla y a la que él transforma y fructifica.